Estacada

No la conozco / pero la imagino \ un poco napalm / y a las barricadas. / ¡Ay Carmela!, | me han contado / que es muy sabia / tecnológica, religiosa. \ Viste de elegante telediario / después de limpiarse | étnicamente \ todas las mañanas / a la hora del rocío incandescente. / Me escondo | bajo el refugio esquemático \ de una mesa / en el banquete de los Grandes \ al que no he sido invitado / y recojo / como la madre de mi madre \ migajas de república. / Imagino sin conocerla / que se desternilla de risa. \ Abre las mandíbulas / hasta provocar un hoyo negro. | Hay sonrientes empalados / entre las estacas de sus dientes / y con vistosos ramilletes de carne / dan la bienvenida. / No hay garganta multiforme como aquélla, \ gran anfitriona.

 

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Dardos y errores

I’ll be your mirror
Reflect what you are, in case you don’t know

When you think the night has seen your mind
That inside you’re twisted and unkind
Let me stand to show that you are blind

The Velvet Underground, “I’ll be your mirror”

Lo cotidiano tiene la habilidad de pasar inadvertido y, como cualquier otro paraíso eterno o artificial, logra volverse invisible por omnipresente y omnincluyente. Tiene algo de cuerpo traslúcido donde podemos leer la dicotomía entre la cultura de masas, popular o folclórica, y tenemos la posibilidad de ver las diversas capas de conductas inconscientes e incontroladas cuya automatización gana muchas batallas a eso que llamamos razón. Pero la comodidad de lo “normal” es el blanco preferido de la sospecha. A la conformidad de unos se opone la protesta de otros y surge una especie de gramática orgánica del humano: son caras de la misma moneda, una existe gracias a la otra.

Todo disentimiento necesita ser expresado. En la cotidianidad, conviven los que la ven como natural y aquéllos cuyo pensamiento los hace sentir que están ante deleznables errata naturae. Sin embargo, los desvíos o errores cambian de signo según sea la época donde se desarrollan, y muchas veces se confunde la intolerancia con la exposición y desenmascaramiento de conductas opuestas a lo que una sociedad aprecia como forma correcta de vida.

Sátira. Los textos satíricos –ya como modo, ya como género– han sido el medio ideal de la inconformidad y la denuncia tanto de los paraísos vulnerados por gente non grata, como de los estados de autocomplacencia en franco estado de putrefacción. En un deseable pero imposible catálogo razonado de la sátira, se nos presenta ese cambio de signo de lo inaceptable. Juvenal, Marcial y Horacio tenían la vista puesta en las erratas humanas ciegas y sordas a la virtud. Con Gargantúa y Pantagruel aprendimos a mofarnos de las instituciones culturales creadas por la misma literatura. Rabelais, como Quevedo, agregaron el colorido chillante de los registros lingüísticos populares y vulgares, sin los cuales la lengua está incompleta. ¿Y Sor Juana? Ella nos mostró la cautela, guiada intelectualmente, requerida para denostar y exhibir a los ufanos modeladores del deber ser.

México es un país que se mueve en una suerte de limbo entre el tabú, la parodia y la sátira. La institución religiosa continúa resguardada, en un bastión casi inexpugnable, contra el lenguaraz literato quien frecuentemente sólo se atreve a una invectiva muy indirecta; no así el entorno político, siempre objeto de escarnio para felicidad de la caricatura, el teatro de revista y el periodismo. Pero, ¿quién se ocupa de la sociedad civil? Antes del naturalismo y olvidando las actuales barreras impuestas por lo políticamente correcto, el hombre común, aquel cuya vida es un estado de agregación de influencias culturales disímiles –propias, externas, impuestas–, ha pasado por la picota literaria de diversos modos según el enfoque satírico, es decir, guiada por la necesidad de sacarnos de la (auto)complacencia y la indiferencia.

En este terreno, viene inmediatamente a la mente el Bestiario de Juan José Arreola, catálogo de estilo depurado que corroe sin aspavientos:

La cadena que iba de su mano izquierda al cuello de la mujer, no pasaba de ser un símbolo, ya que el menor esfuerzo habría bastado para romperla. Mucho más impresionante resultaba el látigo de seda floja que el saltimbanqui sacudía por lo aires, orgulloso, pero sin lograr un chasquido.

El estilete de Arreola funciona si crea conflicto en quien parece estar sujeto a ese yugo simbólico, aunque la fina agudeza que desprende “Una mujer amaestrada” es sólo uno de los registros utilizados por la sátira. Georg Friedrich Meier, filósofo alemán que meditó sobre la naturaleza de la broma (Thoughts on Jesting), concluía que sólo “las verdades inaceptables dichas con un aire de juego despreocupado eran escuchadas sin reluctancia”; ciertamente suele ser así, pero más por lo tangencial del mensaje que por el estilo.

No obstante, ¿cuáles son las verdades aceptables? ¿Hay grados de verdad? ¿Es posible reglamentar la cantidad de sarcasmo puesto en un texto? José Joaquín Blanco parece hacerse las mismas preguntas, quizá ya respondidas por Marcial y Rabelais: no hay tales. En dos cuentos suyos, “Hotel Acquasanta”, “Melba”, y en Se visten novias constatamos su relación con la actitud quevedesca –contra todo y contra todos– que, en su caso, intenta también conformar una sociografía enfocada en el corte carnavalesco de la población urbana de la Ciudad de México.

En el dulzor de la comunicación cotidiana que recrea Blanco se asoma la crítica social que, además, deja ver la continuidad de las actitudes expuestas hace ya varios siglos. El protagonista de “Hotel Acquasanta” acepta ser un falso cura que predica en la televisión y la radio para hacer dinero de las almas atribuladas en busca de consuelo; funge como remanencia de un tema medieval –vender lo que no puede ser vendido: perdón divino, gracia, justicia–. Pero no para ahí:

Sé que a los devotos los asusta un poco la gula de los curas. La ven poco espiritual. Cuando trabajo en serio procuro llegar a los festejos con algo en el estómago, para dar la impresión de que sólo por condescendencia admito displicentemente algún bocadillo.

Sin la menor consideración para el arrepentido que le pide consejo, “echado en la cama, con una cuba en la mano, ya sin la menor intención de asumir una pose sacerdotal” se mofa descaradamente del uso incorrecto y bastante imaginativo de palabras cultas por un hombre, que además resulta ser asesino:

Lo que pasa es que has escuchado demasiados programas “espirituales” de la radio. Empezaste como simple criminal, pero de tan trivial inicio has degenerado hasta el anacoluto, el barbarismo y el ripio. Existe la absolución para el asesinato y el estupro, hasta para el parricidio, ¡pero ninguna religión exonera el anacoluto!

Cuando el cinismo –a veces confundido con la sinceridad– se muestra sin veladuras, el lector ríe solamente si queda en calidad de voyeur; ríe y se incomoda si se siente aludido. A diferencia del esperpento, la sátira nos procura un espejo plano, sin distorsión.

Por más que las sociedades cambien vertiginosamente y aunque tengamos mundos virtuales a nuestra disposición, hay caracteres tozudamente vigentes, contextualizados de nuevo. La Celestina se acomoda bien a nuestra época y, por qué no decirlo, a las condiciones sociales y económicas de esta ciudad. La protagonista movida por la avaricia ahora se llama Melba – una Celestina tras el nombre sincopado de Melibea– que dice como presentación: “No soy actriz, lo fui: ahora soy payasa. No me importa el ridículo. Les hago cualquier papel de payasa con tal de tener dinero para pasarla bien con mis gatos”. La predilección de Blanco por esos cínicos autosatirizados puede entenderse por lo perdurable de una humanidad ineluctable que no envejece.

El impulso natural de José Joaquín Blanco hacia la sátira que analiza la composición social y los valores de la sociedad mexicana se percibe asimismo como respuesta a una literatura de la Onda que dirigió su audacia soterrada contra la sociedad paralizada por la represión priista. “[…] Los textos comunistas y las conductas contraculturales (rock, sexualidad, desaliño, droga, feminismo, anticonformismo) salieron de la clandestinidad y hasta se volvieron modas. Había que cambiar… porque el desastre mexicano había tocado fondo en Tlatelolco. […]” Aunque no se trata de apoyar el poco aprecio de Margo Glanz hacia la Onda, ésta parece gravitar en una juventud for ever young, como sucede con Gustavo Sainz y José Agustín.

Superada la búsqueda de las raíces –idea de pureza racial y cultural que ninguna nación tiene–, institucionalizada la contracultura y comprobado el efecto inocuo de la intención correctiva en la sátira, el papel de la siguiente generación, la marcada por la década de los ochenta, no puede ser soslayada: “[…] ¿cuáles serán -empiezan a ser- su pensamiento político, su arte y su literatura, sus valores y sus regocijos, sus rencores y su respuesta al país oscuro?” Una pregunta cargada de impaciencia y de curiosidad. ¿Se habrán dado cuenta esos nuevos escritores de la función de la sátira? Si no ha servido de motor de cambio, entonces quizá sea el modo de dejar un registro cultural y de comportamiento difícil conseguir por otros medios. Como fuere, el hombre se satirizará mientras viva. Es casi un hecho.